[Diario] Ayahuasca #4 – Por Diego El Zein

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[Diario] Ayahuasca #4.

Por Diego El Zein.

Tras una crisis histórica a causa del puto whisky ingresé voluntariamente al templo de la locura: Clínica Saint Michel. Cuatro meses de internación.
Debo confesar que en mi caso no la pase tan mal, mis síntomas no eran tan graves como los que supe ver. Tenía licencia laboral y presente a mi familia y amigos. Esto significaba, tener dinero en los días de permiso y en los días de visita (no fallaron nunca ninguno de mis familiares) me traían yerba, galletitas, gaseosas y cigarrillos para una semana y para 10 personas, más o menos, sin contar lo de mis amigos, nunca falló ninguno. Por ende, me hice de mi singular guardaespaldas y amigos. Él por momentos era un caramelo, preocupado por los demás, y de pronto estallaba en ira, rompiendo vidrios e insultando a la dueña de la clínica frente a su oficina; lo tenían que tener entre 4 fornidos enfermeros para atarlo e inyectarlo. Pobre, pensar que esa mierda es incurable. Tenía a dos personas dentro de sí.
Diría que fui una especie de líder, algunos me seguían por conveniencia y otros por afinidad ya que les hablaba de mis viajes y se copaban. Me hice amigo de las enfermeras. Me permitieron armar una mesa en el jardín, en ella cada vez éramos más los que nos juntábamos a tomar mates, fumar, hacer terapia y a veces, por algún desequilibrio, pelear.
Por supuesto, viví muchos momentos tensos. Cual Robin Hood ante las injusticias, siempre con Marcelo. Él fue mi protector, solo me puteaba mal porque era de Racing y él de la barra del Rojo; lo odiaba y se le iba la olla por eso. Padece el síndrome Tourette (una bomba de tiempo). A lo que iba. Cuando nos enterábamos, por ejemplo, que alguno le había robado a alguien íbamos y lo cazábamos del cogote y se lo llevábamos a los enfermeros sedadito y con el botín para devolver. Así me hice de amigos; entable amistad con las enfermeras, mucamas y cocineras, me expreso en femenino porque la mayoría eran mujeres, también había hombres pero eran los “gorilas” encargados de la contención. Aún después de mi alta fui a visitarlos por más de un año. Y al día de hoy sigo en contacto con Dany. Que esta con un mini emprendimiento y trato de darle una mano en recetas y difusión. Les dejo su dirección de Facebook para que conozcas su emprendimiento: https://www.facebook.com/lacomida268
Al salir continúe con tratamiento ambulatorio y drogas psiquiátricas. Pero al retomar mi actividad laboral, inspector bromatológico en el área gastronómica, me sentía somnoliento, con temblores y ataques de pánico. Entonces me propuse dejar la medicina tradicional. Al consultarlo con mi médico me dice que me va a ayudar por un periodo de tres meses a hacerlo pausado, solo dándome un ansiolítico, y observando los resultados.
Durante esos tres meses de bajar la dosis, posta, seguí consumiendo millonadamente menos y nunca whisky pero siempre una lata al final del laburo o durante una escapada del laburo ¡Un cachivache! Siempre en contacto espiritual con mis amigos. Uno de ellos, y el mejor en cuestiones espirituales, me cuenta que debido a su ansiedad y estrés, hace unos meses, había conocido a un facilitador o chamán de ayahuasca (liana amazónica utilizada en rituales de ingesta bebible, alucinógena, donde se revive el espíritu y se sana lo malo y se ilumina lo bueno). Aclaro, no es la definición de Wikipedia; también se usa para las adicciones ya que su naturalidad se contradice con lo tóxico. Mi amigo la había tomado dos veces, se le notaba un cambio. Hablaba más pausado. Bah dejaba hablar. Se había anotado en un curso de astrología. Había dejado atrás un negocio millonario porque lo sacaba de su eje para quedarse en bolas y empezar su nuevo mundo comercial.
Y otra vez me hablé a mí mismo: “Diego no tengas miedo, si viene de la Pachamama no puede ser mala”. Me convencí. Me hizo el contacto con el chamán, después de varias charlas de aprobación, y recomendaciones de dieta vegana y mínima pastilla previa a la cita, quedamos para un sábado.
Toda esta secuencia se la conté a mis viejos y mucha opción no les quedo más que apoyarme. Es más, les pedí que me fueran a buscar el domingo a la mañana por si salía desorientado.
Sábado 18:00 hs. Barrio Norte. Edificio art decó. 3er piso. Ya me estaba esperando mi amigo y un montón de hippies con OSDE divinos. El piso de los más copados que vi en Bs. As. Adaptado para la experiencia: techos abovedados, luces cálidas, inciensos, miles de instrumentos amazónicos; en el techo de la sala principal, donde iba a ser la juntada, había un cóndor pintado, casi tridimensional, en picada al suelo. Toda esta observación fue del instaste cuando llegue, sin la abuelita adentro, aclaro. El entorno ya era mágico. Ya sentía el clímax de paz, o no sé bien como describirlo. Era de desnudez espiritual colectiva. Nos ubicamos en nuestros camastros o colchonetas y las asistentes en cada puesto colocaba un balde. Yo me acomode cerca de mi amigo, no pegado. El chamán empezó con una charla de cómo iba ser la movida, de cuantas ingestas, que no llamemos para pedir, que él se encargaría y que levantemos la mano si al verlo repartir queríamos mas. Se apagaron las luces artificiales. Quedamos a la luz de las velas aromáticas, descalzos y recostados. Sin darnos cuenta empieza a sonar, en un rincón, música en vivo. Solo de instrumentos amazónicos ¡Zarpado!
Tres largos temas y la primera toma.
Como sommelier, detallo mi nota de cata: salvaje, de fuerte sabor vegetal, dejo amargo, lechoso, remitiendo a la salvia.
Seguía la música y mucho no sentía. Me fui del lugar y me dolía la panza. Me obligaba a cerrar los ojos, y la verdad, la música era todo. En cuanto me incorpore, casi en tiempo y espacio, quise mirar a mi amigo y al resto. Veo a dos vomitando en el balde. Lo miro a mi amigo. Re pancho en posición al sol. El tercero en vomitar creo que fui yo. Soy tan bruto que desperté e hice vomitar al resto.
Al toque intervienen los asistentes en renovar los baldes, se encienden tenues luces y los músicos, como de consola en vivo, siguen tocando mientras el chamán explica el primer paso y la desintoxicaciones. Ahí el vómito. Para que los novatos que no nos asustemos, que vamos a vomitar toda la noche. Vamos a expulsar lo que la abuelita purifica, como filtro, y ahora hacemos un ejercicio antes de la segunda ingesta ¿What? Se trataba de elegir al azar una persona. Una vez organizados, era preguntarse solamente ¿Quién sos? No se podía una contra pregunta o escusa o gilada de respuesta. Primero uno y después el otro ¿Quién sos?
El ejercicio nos hizo mezclar a todo y pararnos cual zombis, mezclando murmullos, gritos, carcajadas, llantos, etc. En mi caso llore, le conté a un desconocido, parecía un buen pibe, buscando ayuda por mi adicción, y él lloro al contarme que le hacía daño a quien quería y destruía todo lo que amaba ¡Mierda que poder de sinceridad la liana! Y enseguida me agarraron unas ganas de cagar terrible. Zafo del abrazo múltiple y voy a ese loquísimo baño.
Otra vez a oscuras, la música por momentos vibrante y otros más viajera. Se venía la segunda ¡Ya la estaba esperando! Le había perdido el miedo, estaba esperando las alucinaciones introspectivas.
Repito. Mis síntomas, hasta el momento, aparte de la descomposición, era la elevación, me sentía colocado, a punto despegar, en cuerpo y alma.
Segunda toma. Ya era otro yo o yo desde otro yo. Me veía desde arriba, cometiendo errores y sufría transpirando. Me incorporaba del mat (colchoneta de yoga) con los ojos abiertos, seguía viéndome beber en horas de trabajo o a escondidas, y lloraba. Lloraba a tal punto que desperté y vi al grupo, siempre mire primero a él, el chabón roncaba. Mientras algunos reían otros hablaban solos, otros no paraban de vomitar asistidos por los amorosos asistentes. Me vuelvo a recostar en el incómodo mat. La música ya invadía. Se agudizan los sentidos. Sabía, de teoría, que la iba a pasar mal para luego llegar al nirvana.
En el medio otro vómito, un mimo de un asistente que me guía al baño ¡Flash! Se me ocurre prender la luz. Cuando había velas. Se activaron unos caños de neón con formas eróticas de hindúes garchando ¡Me volví loco! Me rescato un flaco que me dijo dónde estaba la tecla de luz y se acabó la pesadilla fatal.
Caigo agotado. Me veo enterrado, muerto, sin ataúd, en contacto con la tierra, con gusanos escapando por mis ojos, raíces saliendo por todos mis orificios, siento un olor putrefacto mezclado con olor etílico. En el mismo sueño, desde arriba mi tumba estaba llena de botellas y telas de arañas ¡Fuaaa!
No se cómo, música, me incorporo transpirado y agitado. Se me acerca un asistente, me tranquiliza. Me da un extracto, que no me acuerdo, a nivel nasal, un aroma para bajar. Giro la cabeza hacia el hermoso ventanal, la plaza ya iluminada, las luces eran líneas. Me volvió la paz. Vuelvo a posición horizontal, ojos abiertos, y me cuelgo mirando al cóndor del techo. Automáticamente me remonto al Cañon del Colca en Perú, donde tuve la suerte de estar avistando a estas aves en un viaje místico, acompañado de mi amigo Marcelo (anécdota para otro episodio). Dentro de este viaje ayahuasquero, el cóndor sobrevolaba por Burzaco, siguiendo mi ruta, planeando amenazante sobre mi cabeza, remontando hacia las alturas. Me miraba con sus ojos enfocados en los míos, mirada de aspecto malvado pero solo de postura cazador. No me asustaba, mientras pedaleaba, siguiendo al sol, por los lugares donde andaba en bicicleta repartiendo sánguche de milanesa. Cuando desperté, la sensación era de protección. Otra vez me incorpore y mientras otros lloraban yo me reía a carcajadas.
Se viene la tercera. Mi amigo se estira, me toca, y en vos baja me pregunta como estoy y me dice que la tercera es opcional para principiantes: “Tranka, si estas viajando bien solo levanta la mano, no te van a ofrecer”.
¡Obvio! ¡Un poco más! Se me duerme el brazo al alzarlo erguido, entusiasmado en continuar el viaje.
Tercera ingesta. Me acuesto después de darle el ok a mi compinche y contemplar empático a los demás. Inmediatamente entro en una jungla pantanosa. Siento miedo. Me siento indefenso. Y al toque, frente a mí una serpiente colgando de una rama con ojos rojos y color de piel indescriptible. Más miedo. Corro. Tropiezo. Me persigue. Me levanto. Sigue acechándome. Me rindo y decido enfrentarla agarrando un palo.
Apenas giro para encararla todo el paisaje cambia. Ya no me encontraba en el pantano, ni estaba la víbora. Estaba en un paisaje ya visitado, de ese viaje a Perú. Me había transportado al lago Titicaca, frontera Bolivia-Perú. Sentado, arriba de una piedra de sacrificios. Ya no estaba oscuro, el sol del lago se confundía con el cielo. Estaba en paz.
Al amanecer se impuso el silencio absoluto. Se apagaron las velas y el incienso. Se propuso un descanso. Ya nadie vomitaba. Solo roncaban. Se destacaba uno en particular. Al final, en ronda, todos dimos una devolución, y nos cagamos de risa de su ronquido. Dijo que de tanta falopa tenía el naso arruinado. Yo no pude dormir profundo, solo dormitar incomodo en el mat, reflexivo. En las devoluciones otra vez llantos y risas por traumas, problemáticas varias. Abrazos múltiples y la invitación a la próxima pero en Perú, en el pueblito amazonio al cual mi amigo asistió. Un lujo a ver conocido a la abuelita. El aprendizaje lo llevaré toda mi vida y cotidianamente ¡Qué viva la pachamama!
En ese despertar, entre devoluciones en ronda de mix de emociones, el chamán explico que durante unos tres meses, mínimo, la planta iba a seguir haciendo su trabajo en nosotros. No tan intenso, más sutil. Que íbamos a anotar cambios en nuestros sentimientos, en las acciones propias y ajenas, algunos importantes y otros triviales. Y que también íbamos a tener sueños súper lucidos (en Full HD 5.1) y que todo lo relacionado con la naturaleza lo sentiríamos más intensamente.
Al llegar a casa me tomo un té de hierbas con unas galletas de avena. Ahora sí caigo en un sueño profundo. Me veo arrojando las cenizas de mi abuelo materno (gran compinche), hecho real, al río e inmediatamente ambos estamos sumergidos en el turbio río, entre abundancia de bogas, taruchas, bagres, pejerreyes, sonreíamos, desde abajo. Por la cosmovisión del sueño otra vez me vi desde arriba pescando con él en el muelle viejo de la Asociación de Pescadores.
Otro noche, después de no sé cuántos meses o sino años, por medicación excesiva pre y post internación ya no tenía libido, ni erecciones, ni sueños eróticos. Pasó esa noche ¡Fuuuaaa! Se despertó condorito. Jajaja. Aclaro siempre fui de soñar y de acordarme los sueños. Pero de esta calidad de visión y sensibilidad jamás. Estaba en lo que podría decir un palacete romano, egipcio, turco o griego, no recuerdo bien las columnas para especificar, un banquete digno de un rey y bellas damas con túnicas bancas y adornos en oro y piedras brillantes, que se transformó en un goce bestial de comida, vino y sexo. Tampoco sabría especificar el orden. Fue tan real que me desperté eructando, obviamente eyaculado. Creo haber seguido estando ahí unos minutos aun despierto.
Ya casi después de un mes, caminando por Burzaco, me siento en la plaza a fumar un pucho. Me apoyo contra el respaldo del banco, bajo la copa del famoso ombú se filtraban dos rayos de sol, me quede maravillado otra vez sintiendo a la pachamama. Caigo en un sueño. Hasta que el cigarro me quema los dedos y abro los ojos, sin sobresaltos. Respiro agradecido, y al mirar hacia abajo sobre mis dos pies tenía posado dos zorzalitos picoteándome los cordones, uno en cada zapatilla. Trate de sacar una foto. Olvídate.
Ahora que lo rememoro. Lo de mi abuelo fue muy triste porque en sus últimos meses tuvimos que internarlo por Alzheimer en estado terminal, 97 abriles. Yo salía de la muni y lo visitaba, 3 veces porque nos turnábamos. Según las enfermeras no a todos sus familiares los reconocía. A mí siempre. Lo más duro fue cuando me hizo acercarme a su boca, me susurro si me animaba a matarlo.
Hago eco de esa triste historia volviendo a los sueños de la planta en cuerpo. Ya que esto es de creer o reventar…
Mi casa natal posee un gran pasillo, distribuidor de habitaciones. Yo me levantaba, no se para que, y lo veo a Pochón, así le decían sus amigos (tenía muchos), venir de su pieza (la primera del pasillo), con su gabán de gamuza marrón, su boina marinera y su pañuelo de seda. Tenía, calculo, 75 años. Al visualizarnos medio que retrocedí y me asuste un poco. El susto duró un segundo. Hasta que él empezó a avanzar hacia mí, con esa cara de bueno y ganas de verme. Avanzando pero levitando a unos centímetros del piso. Ya no tuve miedo. Entendí todo. En cuanto estuvimos cara a cara me dijo: «Te quiero mucho pero pórtate bien sabandija». Había venido a despedirse.
Por las dudas lo aclaro. La experiencia que narro no reemplaza ni sirve como tratamiento para dejar el alcohol. Lo que te regala, de por vida, es un scanner interno que te permite verte y ver las cosas desde otro punto. Más sincero, empático y autocrítico.

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